La educación sexual nos
ofrece la ventaja de ser más incluyentes y respetuosos,
más felices y más libres
Por DELIA GONZÁLEZ
OCHOA /
Aprendemos matemáticas
desde nuestros primeros años de vida. Es una materia que tomamos cada ciclo
escolar y que cada año se vuelve más compleja. No importa si no te vas a
dedicar a la contaduría, a alguna ingeniería o a las matemáticas aplicadas, la
educación básica y superior consideran que es un conocimiento esencial. Las
matemáticas están en todos lados: las necesitamos para dejar propina, para administrar
nuestra quincena o para calcular cuántos capítulos de Game of Thrones podemos
ver sin consumir todas nuestras horas de sueño.
Las clases de educación
sexual, para quienes tuvimos la fortuna de recibir alguna, suelen limitarse a
un par de sesiones en las que se intentan dos cosas: 1) enseñar la anatomía de
los aparatos reproductores; y 2) aterrorizar a los jóvenes con un montón de
fotografías de infecciones de transmisión sexual. (Inserte imagen:
verrugas-estilo-forma-de-coliflor.jpg.)
La sexualidad, como las
matemáticas, está en todas partes; al vestirnos antes de salir de casa, al
iniciar un romance con una persona, cuando elegimos un método anticonceptivo (y
si nos da pena ir a comprarlo); cuando nos gusta alguien y cuando no nos gusta
alguien. La sexualidad también está presente en cómo actuamos, en cómo nos
mostramos ante la sociedad como hombres o mujeres; está en el nombre que
eligieron para nosotros, en nuestros gustos, e incluso en nuestros sueños y
aspiraciones.
Si la sexualidad nos
acompaña desde el momento en que nacemos (desde el nacimiento, o antes, nos
categorizan en uno u otro sexo) hasta el momento en que morimos (nunca dejamos
de tomar decisiones o de tener ideas sobre nuestro cuerpo, nuestra identidad o
erotsimo), ¿por qué la educación sexual integral no tiene una prioridad en
nuestros planes de estudio?
A diferencia de la
generación de nuestros padres y abuelos, creemos saberlo todo, o por lo menos
lo suficiente sobre la sexualidad. Tenemos toda la información al alcance de un
click. Y ese click está al alcance de cada vez más personas en el mundo. Pero
¿La educación sexual sale sobrando? No. El problema es que no sabemos qué es la
sexualidad, casi nunca se nos enseña que ésta no se limita a la anatomía y a lo
carnal. Para comenzar a comprender por qué la educación sexual es
imprescindible, necesitamos entender que la sexualidad es más compleja de lo
que nos han hecho creer.
La sexualidad es el
aspecto central de nuestras vidas, comienza desde que nacemos con uno u otro
genital, con pene o vulva, y a partir de esto se nos asigna un género: vivir la
sexualidad implica hasta qué punto nos identificamos con este género y los
roles que tomamos respecto al mismo. La sexualidad también abarca la
orientación sexual, el placer, la intimidad, la capacidad reproductiva y los
vínculos afectivos. Todo esto se manifiesta en nuestros deseos, fantasías,
creencias, actitudes, valores, comportamientos, en nuestras prácticas y hasta
en la forma que nos juzgamos a nosotros mismos y a los demás.
La sexualidad, y todo lo
que la integra, están influenciados por otro montón de factores complejos:
biológicos, psicológicos, históricos, sociales, económicos, políticos,
culturales, legales y religiosos: A nivel biológico tengo la capacidad de
quedar embarazada, pero socialmente hay una edad óptima para hacerlo (¿qué
diría la sociedad si me hubiera pasado a los 15?) y si estoy casada, mejor.
Pero también tengo la capacidad de elegir cuándo, cómo y con quién; legalmente
no puedo interrumpir un embarazo, y quizá religiosamente ni siquiera se me
permita usar ciertos métodos anticonceptivos. Aunque la reproducción es solo un
aspecto de la sexualidad, está atravesada por muchos factores.
Los temas sexuales nos
rodean y convivimos con ellos a diario, pero nos rehusamos a hablar seriamente
de sexualidad. No queremos pensar en educar sexualmente a los niños; nos
rehusamos a ir al médico y a hacer chequeos constantes. Se nos hace incómodo
compartir detalladamente nuestra historia sexual a nuestras nuevas parejas
románticas con la intención de prevenir. Si queremos quedar bien con la
familia, nuestra vida erótica se vuelve inexistente. Nos negamos a cuestionar
los estereotipos de género, sobre todo los que se nos acomodan, y no nos
interesa preguntarnos e investigar qué derechos tenemos y qué dicta la ley
sobre nuestros cuerpos y prácticas.
La educación sexual no
es sólo dar información, sino brindar herramientas para cuestionar esta
información y reconocer los mensajes sobre sexualidad que se nos presentan en
el entorno; nos educan los medios de comunicación, las familias, los amigos, la
cultura. Nos dicen cómo debemos de sentirnos sobre nuestros cuerpos y cómo
deben verse, cómo debemos enamorarnos, cómo y con qué debemos excitarnos, de
qué tenemos que sentirnos culpables y a quiénes debemos de hacer sentir
culpables.
La educación deficiente
tiene consecuencias, crecemos con una educación sexual en la que no se habla de
diversidad. Hay niños que entran a la adultez sintiéndose las criaturas más
raras porque nadie les dijo que la pubertad es diferente para todos: a las
niñas también les sale vello en el bigote y en la barba (y en los brazos, espalda,
brazos, abdomen…); niños a quienes nadie les dijo que en la pubertad podían
sentir atracción no solo por las niñas, sino también por su mejor amigo y que
creen que algo debe de andar muy mal con ellos. Niñas y niños creciendo con
culpa por sus deseos y por su placer, porque alguien dijo alguna vez que sentir
rico estaba mal.
Educar sobre la
sexualidad, no es sólo hablar de genitalidad, importa hablar de género y
diversidad. La línea que separa a los dos géneros de los que nos hablan y en
los cuales nos educan, masculino y femenino, es borrosa y a veces no nos damos
cuenta de que actuamos y juzgamos desde aquello que “debería ser”. Hablar de
género implica enseñarle a los niños y a las niñas que ser mujer significa ser
fuerte e independiente y que su belleza o sus medidas no tienen nada que ver
con su valor; también es decirle a los niños que pueden ser hombres sensibles
pues no tienen que demostrar ninguna masculinidad a nadie, que si tiene
actitudes o gustos que sean considerados femeninos, eso no los hace menos,
porque lo femenino no vale menos. Enseñar a las niñas y niños la diversidad de
género implica menos violencia machista o posiciones sumisas en su
futuro, porque lo importante es ser el tipo de persona que los haga sentirse
feliz y no lo que las películas, los libros o la sociedad dicta que tienen que
ser por tener pene o vulva.
Hablar de amor, también
es educar sexualmente. De las formas de amar que no implican posesión, que el
relacionarse en lo romántico no sólo significa amor entre un hombre y una
mujer. Hablar de sexualidad significa enseñar que el amor no tiene que
significar para toda la vida, y que quizá no todo lo que se necesita es amor,
sino también respeto, tolerancia, y honestidad.
Incluir la diversidad de
prácticas, identidades y posturas en cada tema, es una necesidad evidente. Nos
urge educación sexual integral, una que genere espacios de diálogo y reflexión:
¿qué tipo de educación sexual recibí? ¿estoy conforme? ¿para qué me sirvió y
para qué no? ¿cómo influyen los mensajes de sexualidad que recibí en mi forma
de percibir el mundo?
Es necesario aceptar
nuestro cuerpo y quererlo, sólo tomando consciencia de éste, podremos comenzar
a amar más y de formas más libres, a encontrar más formas de vivir nuestro
género y a tomar decisiones responsables e independientes, sin que otros
interfieran. Necesitamos de la educación sexual para enseñarnos a no violentar,
para enseñarnos a respetar y a exigir respeto.
Comencemos a pensar que
la educación sexual significa mucho más que la posibilidad de un buen acostón.
La sexualidad es fundamental en nuestras vidas y no la podemos negar porque nos
acompaña en nuestro nombre, en la manera en que vestimos, en nuestros gustos,
en lo que nos excita, en nuestras relaciones y en la vida que imaginamos
para nosotros mismos. La educación sexual integral es esencial porque implica
que podemos ser más incluyentes y respetuosos, más felices y más libres.

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