
Privilegiada en un mundo de discriminación,
Thalía Almendares es activista por los derechos de los
transexuales, artista de shows nocturnos, hija querida y esposa feliz
Despierta temprano la mayor parte de los días, incluso cuando trabaja por las
noches en clubes nocturnos o repartiendo preservativos en colmadones y
otros centros de diversión. A su lado, casi siempre está su compañero, con el
que aspira, algún día, a criar y a educar un niño.

Es coqueta. Del tipo de mujer que nunca sale desarreglada. Para mantenerse
bella cuenta con la complicidad de la madre y las hermanas. “Ellas me
compran ropas, zapatos y maquillaje", comenta, feliz.

Junto a su mamá, Dulce Martínez, a quien agradece la aceptación y el
respeto por la vida que eligió y a la que se ha sentido inclinada desde que era
adolescente. Ahora Thalía quiere dar a otro paso: estudiar publicidad, un
sueño que abandonó luego de terminar el bachillerato.

Thalía mientras baila en un colmadón del Ensanche Espaillat, aplaudida por el público, que le pedía que no abandonara el
escenario. Aunque por las esquinas, algunas doñas y dones que miraban el espectáculo desde una distancia prudente
murmuraban: "El mundo se está acabando". Sin embargo, no dejaban de ver sus bailes. Durante cada presentación, que
regularmente incluye un repertorio de tres canciones, Thalía gana entre RD$1,000 y RD$3,000, según el local. Algunas
noches puede hacer hasta tres espectáculos, en los que hace de vedette coqueta y divertida. En la imagen aparecen algunos
niños, a pesar de que los organizadores rogaban a los padres una y otra vez que retiraran del lugar a los menores de edad

Trabajamos con
las promotoras,
vamos a los
centros de
diversión, damos
volantes y
condones”.
THALÍA DURANTE UNA CHARLA
SOBRE EL SIDA.

Thalía arregla la casa de su tía Ramona Reyes, con quien siempre ha sido muy
unida, en una familia integrada por generaciones de mujeres cómplices y
amigas.

Cuenta que en el barrio de San Carlos ha logrado ser respetada por sus
vecinos y amigos. “Nada de abucheos, ni de relajos”, comenta satisfecha y
orgullosa de caminar de la mano de su marido, como lo hacen otras mujeres
por las calles de la ciudad.
Para mí ha sido fácil, pero para otras no. A
muchas de mis compañeras, cuando se
destapan, las botan de la casa. Se mudan en
pensiones, y terminan por prostituirse”.
Con zapatillas de tacones dorados
y vestida de rojo pasión, ella
es una diva. Thalía Almendares
rinde al público con una sonrisa y
recibe, feliz, sus aplausos. Thalía
es el nombre de la libertad. Atrás
ha quedado Rafael del Orbe, el
nombre asignado a su sexo biológico
aparente, hace 32 años.
Esta noche el espectáculo ha sido
en un colmadón del barrio Espaillat
pero, por lo regular, ella
trabaja en shows de discotecas y
clubes.
¡Siempre he sido una artista!,
dice orgullosa, días después, durante
una conversación en el hogar
que comparte, desde hace siete
años, con su marido, un fotógrafo
de profesión.
Recuerda su vida de hija y hermana
querida, en una familia liderada
por su madre e integrada,
además, por su abuela y dos hermanas.
Aun así, tuvo que librar algunas
batallas para vivir en plenitud
su sexualidad. Batallas pequeñas,
en comparación con el
drama que les toca vivir a transexuales
y travestis que se prostituyen
desde adolescentes, luego de
ser echados de sus casas. Ella conoce
estas tragedias por su activismo
en la organización Transsa
Dominicana.
“Ahora queremos promover encuentros
con jóvenes transexuales,
sus familias y sicólogos para
que no sean rechazados”, explica
entusiasmada. No hacen falta
preguntas. Sigue hablando de su
otro empleo como coordinadora
de campañas de concienciación
sobre el VIH-Sida. Luego, retoma
el tema de su vida familiar: “Mi
mamá siempre me entendió, por
eso nunca me prostituí”.
No para. Ahora, explica cuál fue
su batalla por lograr su autonomía
cuando tenía 15 años y abandonó
por completo las ropas
masculinas por los vestidos de
mujer, el sexo que, en su opinión,
le pertenece.
Su mamá había aceptado la idea
de que su hijo se sentía más cómodo
con la identidad femenina
y aceptaba sus ropas y sus amigas,
pero prefería que no se dejara ver
con trajes de mujer por el barrio.
Así que se vestía en casa de una
amiga. Hasta que un día se envalentonó,
se vistió de mujer en su
casa y le dijo a la madre: “Linda,
ya está bien de cambiarme a escondidas,
prepárate que todos los
días será así”.
Y se convirtió en Thalía Almendares
desde las mañanas. Con su
ropa femenina limpia la casa de
una tía muy querida y luego la suya.
Se ha fortalecido para enfrentar
un mundo que con frecuencia
es hostil. Si es abucheada por buhoneros
mientras anda de compras
con amigas transexuales, se
limita a sonreír. “Ellos sufriendo
y nosotras gozando jajajaja”. Comenta
estos incidentes sentada a
la mesa de un comedor arreglado
por ella con finos detalles. Todavía
no ha completado su jornada,
tiene que preparar la cena, hablar
con el marido e ir al trabajo. Antes
de la despedida, pide: “Escri -
be sobre el trabajo de prevención
del VIH.
Texto : RIAMNY MÉNDEZ
Foto s: PEDRO JAIME FERNÁNDEZ
cortesia: CLAVE DIGITAL