¿Cis qué?
Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
Académicos y activistas usan con fluidez prefijos, acrónimos y palabras que muchas personas no logran comprender.En los últimos años una sopa de letras y términos se ha tomado el mundo de la lucha por la igualdad.
La desinformación es generalizada y la confusión impera incluso entre aquellos que demuestran compromiso y simpatía por el reconocimiento igualitario de los derechos de las personas con identidad de género y orientación sexual diversa.
Esta falta de claridad es grave pues apunta a una brecha entre activistas y académicos, y la sociedad que pretendemos transformar para bien. Parte del problema se debe a la rapidez con la que aparecen expresiones nuevas o caen en desgracia formas que hasta pocos años eran las más usadas y conocidas.
Sin embargo, que las palabras nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran con rapidez no significa que carezcan de sentido o importancia. De hecho, uno de los ejes del movimiento por la igualdad es resaltar que las palabras sí importan, y mucho, y que las buenas intenciones de un hablante no las despojan de su carácter ofensivo o denigrante.
Más aún, en varias ocasiones
he señalado cómo el lenguaje que los medios masivos de comunicación
usan con frecuencia para hablar de las personas con identidades de género y sexualidades diversas tiene serias consecuencias sociales, aún cuando las intenciones manifiestas del artículo sean las de “reportar objetivamente” un evento, contar una historia o, incluso, apoyar una causa.
Con esta idea ya
hemos escrito definiciones cortas que pueden contribuir a entender mejor términos como trans, transexual, transgénero y travesti. Sin embargo, hablar de personas “transgénero” sin hablar de “cisgénero”
es como hablar de “homosexualidad” sin mencionar la “heterosexualidad”. Es más, a pesar de que casi nadie conoce la palabra “cisgénero”, la gran mayoría de personas en el mundo podríamos ser clasificadas de esta manera.
La palabra “transgénero” resulta de la mezcla de la partícula latina “trans” que significa “del otro lado de” y la palabra “género”. El género se refiere a las expectativas sociales, históricas, raciales y culturales que determinan el papel que los cuerpos tienen en una sociedad determinada en un contexto histórico específico.
En otras palabras, el género es un complejo sistema de jerarquías sociales constituido por las características que le damos a un cuerpo una vez éste ha sido clasificado como “femenino” o “masculino”.
El prefijo “cis” también proveniente del latín, significa “del lado de”. Si usted es una persona cuya identidad de género está alineada con el sexo que le asignaron al nacer, usted es una persona “cisgénero”. Por ejemplo, cuando nací a mí me asignaron el género “femenino” que es el mismo con el que yo me identifico. Por eso yo soy una mujer cisgénero.
El término se empezó a usar en círculos académicos estadounidenses en la década de los noventa y en los últimos años se ha extendido pues tiene la ventaja de despatologizar la diferencia.
Con mucha frecuencia escuchamos o leemos diferentes versiones de “no es una mujer de verdad, es un travesti”, “es impresionante, parece una mujer, pero es hombre” o “es increíble que tenga tanta barba y una voz tan gruesa cuando en realidad es mujer”. Estas expresiones señalan que ideológica, cultural y gramaticalmente la partícula “trans” degrada la categoría “mujer” u “hombre”.
Hablar tanto de “hombres y mujeres cisgénero” como de “hombres y mujeres transgénero” es un pequeño paso para empezar a combatir estos arraigados prejuicios socioculturales. Permite igualar el terreno ideológico de los términos al resaltar que hay, al menos, dos tipos de hombres y mujeres y que las personas trans son tan hombres o tan mujeres como sus homónimos cis.
Al reconocernos como cisgénero visibilizamos el hecho de que también nosotros tenemos una relación identitaria entre género y sexo, pero que ésta, por ser la más frecuente, no es la única posible ni implica superioridad moral o normalidad.
Aunque puede parecer innecesario agregar un término más al ya de por sí complejo vocabulario y alfabeto de la diversidad sexual y de género, la palabra es importante si tenemos en cuenta el principio básico de que lo que no se nombra no existe.